Cosas que a la gente le gustaría saber sobre Alicia. Tiene pocas amigas, las ama y se brinda entera por ellas. Hay dos personas que son definitivamente imprescindibles en su vida. Y son tan especiales, tan necesarias para ella, que no tiene el mismo sentido vivir las cosas que cuando les cuenta lo vivido. Son Marisa y Jorgelina, y con Alicia, forman un triángulo hermoso que se remonta a épocas de recreo y caramelos. Jorgelina es de la filosofía no te enrosques, no pienses... mejor comprate un jean y es el justo balance de superficialidad que Alicia necesita para saberse viva. Marisa, por el contrario, es un ser brillante y genial, tiene un negocio en San Telmo en el que se dedica a restaurar muñecos. Y es Marisa la dosis de magia que Alicia necesita para saberse viva. Las tres suelen reunirse todos los martes a cenar y (no muy a menudo) les gusta ir a bailar. El sábado pasado fueron a una disco de Recoleta. El domingo a la noche, Alicia escribiría en su diario sensibilidad, champagne, complejidad femenina, histeria, celos, grititos chillones, tacos gastándose, magia, cigarrillos y dos gotas del 5ta avenida de Elizabeth Arden coronaron una noche inolvidable. Y su pronóstico biológico jamás se equivocaba.
lunes, junio 30, 2008
miércoles, junio 25, 2008
Bruno volviendo
El primero en enterarse de la llegada de Bruno fue Martín. Realmente nos tomó por sorpresa a todos, no esperabamos semejante noticia. Habían pasado casi 20 años desde que Bruno se fue vivir a Francia. ¿Toda una vida? Y ahora volvía a Villa Urquiza, tanto tiempo después, convertido en el hombre en que nos habíamos convertido todos. Mientras comiamos la pizza de los martes, en el departamento de Martín, nos sorprendimos recordando viejas andanzas (como casi siempre). Sin embargo, el pasado se cerró para nosotros dejando paso a las congeturas de aquel futuro incierto que no habíamos compartido y un presente neblinoso.
- ¿Lo tenemos que abrazar?- preguntó Diego.
- Creo que sí- pensé.- Si, ¿por qué, no? ¿No te pone contento?
- Es Bruno, boludo- dijo Pato.
- Para, para… ¿alguno de ustedes mantuvo contacto con él?- seguía Diego con su pesquiza. Mientras Martín sacaba dos cervezas del freezer se hizo un silencio bastante incómodo.
- Es que… antes no era tan fácil como ahora, Die- dijo Pato.- ¿No nos escribíamos cartas?
- Las cartas le llegaban a Martín pero eran para todos. Quedamos que iba a ser un kilombo que mande una carta para uno… ¿No te acordas?- le dije.
- ¡Las cartas!- Martín fue a buscar la caja de madera donde guardaba todas las (pelotudeces) cosas que no sabía donde guardar. Abrió la caja y empezó a sacar fotos, papeles, cartas, entradas de cine.- No están…- dijo mirándonos a todos.
- ¿Las cartas de Bruno no están ni siquiera en tu caja de pelotudeces?- pregunté.
- ¿Cómo “pelotudeces”? Esta es nuestra historia…
- Ufs… me voy a fumar un pucho a la cocina… pero yo a eso lo llamo “una señal”. Las cartas no aparecen, nosotros no vamos. Punto.
- Por ahí te las dejaste en la casa de tu vieja cuando te mudaste acá, Mar- Pato siempre tan esperanzador.
- Si, pero igualmente, no voy a ir a lo de mi vieja a buscarlas ahora.
- ¿Vale la pena?- preguntó Diego.
- ¿Ir a buscar las cartas, abrazar a Bruno o qué?- respondí.
- No se…
- Yo voy a ir a esperarlo a Ezeiza- dijo Pato.- Van a ir la hermana, una tía de Bruno, y Nuria.
- ¿Nuria?- Diego se servía un poco más de cerveza.
- Si… estaría bueno, chicos.
- ¿Y la vieja de Bruno?- pregunté.
- Por eso viene… ¿No te enteraste lo que le pasó a la vieja?- Pato se puso demasiado serio.
- Se tiró hace dos meses en Drago… al tren. Bruno viene para arreglar algunos temas de sucesión de la casa de Rivera- dijo Martín.
- Boludo, que garrón… venirte después de casi 20 años porque tu vieja se treneó, dejate de joder. ¿Qué te queda? Nada… ni siquiera nosotros… ni las cartas…- no me había dado cuenta, pero mi ciegarrillo se estaba consumiento sólo en el cenicero.
- ¿Y cuando estaría llegando, Martín?- murmuró Diego.
- El martes que viene, chicos.
sábado, junio 21, 2008
El sorprendente misterio del fin del mundo y los ocho quesos
Se dice en el Bar Berruza (propiedad de Francisco Berruza) que el fin del mundo esta cerca. Por suerte, para la mayoría de los abonados a la picada de ocho quesos y habitués del super vermouth dominguero, el agorero de semejante desdicha no es otro que Pascual, el loquito del barrio. Pascual es el famoso "loco lindo", aunque ahora más lo primero que lo segundo, luego de aquel fatídico accidente en donde perdió cierta parte de su anatomía que no viene al caso mencionar. Es así, que entre vermouths generosos y picadas multifunción, nadie le teme a los dichos de Pascual.
- Lo bueno de Pascual es que sabe leer las señales- dijo al pasar Francisco, mientras le pegaba una lustrada al mostrador. Del otro lado de la barra, y aprovechando que todavía Pascual no había llegado estaban los comensales de la deliciosa picada queseril. A saber... Máximo, Jorge (el hijo mayor de Don Roberto –si, ese mismo-), Matías Urtubey, Ramón Torasasasasasa (ya verán el por qué de tantas “sa” algún día) y Gustavo "Abeja Obrera" Gutierrez (alías Gege, o también, Abeja Obrera).
- Señales... todo el mundo sabe que lo del fin del mundo es un truco para asustarnos y que dejemos algunos quesitos de la picada, Don Francisco- dijo Matías.
- Pero si es verdad?- preguntó cauto Máximo.
- Mira, si llega a ser verdad, ese día yo voy a salir en pelotas a la terraza de casa y voy a gritar ¡Viva Pehuajó!- tiró como si nada Gustavo Gutierrez, alías Gege, alías Abeja Obrera.
- ¡Volvé a tu país, paraguayo!- grito entre risas y pedazos de provolone Matías.
- ¿Qué decís, animal? Pehuajó esta en Buenos Aires, bruto- contestó Gustavo, buscando un escarbadientes.
- ¿Pero no es donde nació Gardel? ¿Máximo?
- Gardel nació en Tacuarembó. Tacuarembó queda en Uruguay... y no es Paraguay. Pehuajó tampoco, esta en la provincia... cerca de Carlos Casares- dijo Máximo.
- Linda la soja de Casares...- murmuró Jorge mientras cerraba el diario.
- Che che... ahí viene Pascual...
Y efectivamente, ahí estaba Pascual... tan serio como de costumbre sin su miembro perdido, con los ojos perdidos en una botella de Branca que estaba sobre un estante detrás del mostrador.
- Hola, muchachos- dijo Pascual.- ¿Van o vienen?- la pregunta era obvia para la mayoría de los habitués del bar, era el día en que se jugaba el fútbol cinco contra los pibes de la sodería de la calle Armesti.
- Vamos... vamos...- respondió Máximo.
- Van a perder- sentenció Pascual.
- ¿Por?- Matías no podía evitar su fastidio, pero le gustaba entrar en el juego del loquito.
- Miren, muchachos... el mundo se va a acabar por inercia, ya se sabe. Esta comprobado... el calentamiento global, la capa de ozono, la deforestación, las fábricas tecnológicas y... sobre todo, una picada con vermouth antes de un partido... son causas y azares del final de un ciclo. En serio les digo... planten un árbol...
Como bien había dicho Don Francisco. Pascual sabía leer algunas señales. Y tan fascinante era la argumentación de Pascual que nadie estuvo dispuesto a refutar semejante teoría de finiquitud. Para muchos de los allí presentes el mundo bien podría haber acabo ahí mismo, es que todos gozaban del don de la credulidad en un ciento por ciento.
Aquel día, los memoriosos dicen que fue un jueves de abril, el grupo que cometió la fechoría de saborear una super picada con vermouth antes de un partidito de fútbol 5, perdió por 15 a 2. Y ese fue el fin de varios mundos. O como diría Doña Francisca:
- Todavía no puedo creer que el tipo se subió a la terraza desnudo, Luisa.
- ¿Gritaba, no? Yo no alcancé a escucharla...
- "¡Viva Pehuajó!" decía... ¿Sabe qué, Doña Luisa? Con las cosas que pasan hoy en día, no me extrañaría que el mundo termine mañana mismo.
martes, junio 17, 2008
Marta sin Felicia
Cuando no era Felicia, Marta era una chica que generalmente odiaba mucho a todos. Pero la dueña de todo su odio; o mejor dicho, a la que más le gustaba odiar, era Jorgelina. Pobre Jorgelina, si supiera las miradas de odio de Marta tendría justificación para esas terribles jaquecas que siempre le daban al mediodía. Marta trabaja 10 horas diarias sentada en una oficina, frente a su computadora. Jorgelina solo 6. Todos los días Marta la ve irse con la misma sonrisa, cargando su cartera diminuta de cuero negro, su bolsa de Akiabara y su tapado gris melange. Marta odiaba mucho a Jorgelina. “Es tan linda”, pensaba Marta. Lamentablemente eso le provocaba más odio. Era una pena que Felicia se quedara en casa los días nublados... para Marta, y sobre todo, para Jorgelina.
miércoles, junio 04, 2008
Sueles encontrarme en cualquier lugar...
Mariano y Pablito eran un dúo genial. Mariano tenía en su play-room una batería y una guitarra, pero tiraba sus primeros acordes en la Fender (la batería nunca la gustó). Pablito, por su parte, tocaba el bajo desde los 9 años. Cuando tenes 12 años y le pegas a cuatro notas seguidas, enseguida pensas que sos David Byrne. Eso le pasaba a Mariano. A Pablito le gustaba coquetear con ser el único que realmente sabía tocar un instrumento, era demasiado bueno. La batería estuvo en silencio un par de semanas.
Cuando Pablito me dijo "sentate acá, mira mis brazos" supe que esa iba a ser la primera clase. Una noche de verano me ingresaron a su fantástico juego. Entre dos toms y una tarola intentaba levantar mis manos y hacer un poco de ruido. Tocamos la misma canción hasta las dos de la mañana.
La mamá de Mariano dice que el sueño de la bandita murió a los tres meses, más o menos cuando le regalaron la Coleco Vision y comenzaron las tardes de Donkey Kong. Por suerte, siempre nos iba a quedar el recuerdo de esa canción...
lunes, junio 02, 2008
La vecina de enfrente
La vecina de enfrente no tenía nombre. Claro, porque ella siempre fue la vecina de enfrente; aunque dentro de diez años va a dejar de serlo para convertirse en “la loca de la casa de enfrente” o “la vieja de la ventana”. Pero mientras sea la vecina de enfrente hay que tener en cuenta algunos detalles fundamentales. Tenía dos hijos, uno de 25 y otro de 22. El de 25 terminó sus días en un hospital de mala muerte hasta que una tarde de invierno decidió ir a la estación y dejarse caer en el tren de las 21.43. Por otro lado, el de 22 tuvo mejor suerte, un día se fue hasta la terminal de micros y nunca más se supo de él. Un amigo dice que lo asesinaron en la rodoviária de Rio, y una ex novia contó que lo vió mendigando algunas monedas en una playa de Recife. Ahora la vecina de enfrente barre de hojas secas su vereda, no habla mucho, a veces saluda con un ligero movimiento de cabeza. En silencio, en ocasiones murmura mirando las baldosas. Los que pasan demasiado cerca como para escucharla juran que dice “hijo de puta, hijo de puta, hijo de puta” en susurro casi inaudible, y apretando muy fuerte el palo de la escoba. Obviamente se refiere a su marido, que murió por un problema en el hígado a finales de los setenta.
martes, mayo 27, 2008
Alicia y su socialismo
Cosas que a la gente le gustaría saber sobre Alicia. Tenía un amigo que "en sociedad" lo presentaba como su novio. Había dormido en su casa la noche anterior. Dormir es un decir, porque ella no duerme bien en otros lados. Por suerte, ahora estaba en su casa luchando contra sus ganas reales de detallar algunas emociones y sus impulsos combativos que le impedían transcribir sensaciones demasiado profundas. Cuando ella estaba en su departamento de Belgrano, lo sensitivo y lo terrenal se potenciaban. Era su lugar, su mundo. Últimamente transitaba una faceta huraña y selectiva, pero siempre encontraba el placer de arrojarse en su mundo de colchones y escribir en su diario. Tenía la esperanza que si alguien (algún día) llegaba a leer ese ir y venir de palabras y renglones, la adivine... Alguien que sea capaz de colocarle el tono de su voz a todo eso, la forma de sus ojos que releen lo pasado y sus gestos cuando intenta recordar lo más interesante del día. Pero sabía que no había reglas para eso, y que las reglas nacerían de la conjunción con aquel lector insospechado. Reglas de ambos, que no los jodan, pero que no los condicionen... Así soñaba Alicia su socialismo y lo escribió: no me digas lo que tengo que hacer, no me provoques, no me despiertes emocionalmente porque me vas a tener que oír... Y en ese espectro de emociones, papel y tinta de por medio, ella le hablaba a ese alguien invisible. Curiosamente se que esperabas esto de mí, siento ser tan predecible.